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Sala de lectura de la Sociedad de la Ciencia Cristiana, Barcelona.
Os invitamos a escuchar lecturas de los escritos de Mary Baker Eddy, artículos y audios de El Heraldo y a compartir esta invitación con todos aquellos que puedan apreciarla.
Receso de Sala de lectura del 22 de diciembre al 12 de Enero
Todos los Lunes a las 19.30 h (España)
Argentina a las 14.30h
Chile a las 13.30h
Mexico a las 11.30 h
Uruguay a las 14.30h
Miami a las 13.30h
Perú a las 12.30h
Colombia a las 12.30h
Cuba a las 13.30h
Houston a las 12.30h
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Los esperamos!!🌈🙏🏻
En nuestro espacio online podrás encontrar un refrigerio espiritual al escuchar las lecturas inspiradas de los escritos de Mary Baker Eddy, Fundadora y Descubridora de la Ciencia Cristiana.
Sala de Lectura
15 de Junio
“El orden correcto de nuestros pensamientos.” Nathan A. Talbot
Del número de mayo de 1999 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana
De La Primera Iglesia de Cristo, Científico y Miscelánea "La paz y la guerra" Págs.
277-279:27
350:12-28
355:19-10
¿Amar a nuestro prójimo? ¿Pero qué hacer cuando...? Debby Norden Miller
Del número de febrero de 2026 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana
De Conocimos a Mary Baker Eddy.
Relato : Mis atesorados recuerdos de Mary Baker Eddy ( Calvin C.Hill ) pag.86 hasta la pág 92
Libertad en el ser verdadero
[Original en alemán]
Gerhard Nebel
Del número de julio de 1977 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana
Todos los temores que tienen los mortales, incluyendo el temor a la muerte, proceden de la falsa creencia de que el hombre es una individualidad mortal constituida por sí misma y que posee vida propia separada de Dios. Los mortales sufren porque no saben lo que el hombre es en realidad.
Si deseamos llevar una vida armoniosa, no debiéramos seguir creyendo que Dios está “allá” y nosotros estamos “acá”, sino darnos cuenta de la eterna unión de Dios y el hombre. El verdadero hombre es espiritual e inmortal, creado por Dios, Espíritu, a Su semejanza, según enseña la Biblia. El hombre refleja a Dios y está en paz.
Si alguien está sufriendo por alguna razón —quizás por alguna injusticia que cree que se le ha hecho, alguna pérdida dolorosa, un gran desengaño, o como resultado de limitaciones paralizadoras— al grado de llegar a enfermarse, ¿quién o qué es lo que sufre? En realidad, es su ego personal humano —es decir, su falso concepto de sí mismo— que está sufriendo por este estado mental. Su verdadero ser espiritual, la imagen y semejanza de Dios, jamás es afectada por las fases del error.
Por muy justificada que pueda parecerle al concepto humano una gran amargura, debida a una injusticia, injuria o pérdida, estas aflicciones no son sino estados mentales erróneos, que jamás pertenecen al hombre verdadero. La condenación y la lástima de sí mismo, el sentirse ofendido, o sentir que se tiene un complejo de inferioridad, son aseveraciones del sentido personal, que se concentran en el egotismo centrado en sí mismo y que no se alejan de él. Si las aceptamos, nos conducirán a olvidar nuestra filiación con Dios y nos aprisionan en las miserias de la creencia mortal.
Mediante las enseñanzas de la Ciencia Cristiana es posible abandonar el concepto material que previamente se tenía de sí mismo y comprender su verdadero ser espiritual. El estudio y la práctica de esta Ciencia, cuando son sinceros y sin prejuicios, logran una transformación fundamental de conciencia.
En Ciencia y Salud la Sra. Eddy hace declaraciones claras sobre la verdadera naturaleza de Dios y el hombre y nos muestra cómo podemos lograr nuestra propia salvación de la esclavitud de los sentidos a la libertad del Alma. Ella escribe: “Estando el hombre real unido a su Hacedor por medio de la Ciencia, los mortales sólo necesitan apartarse del pecado y perder de vista la entidad mortal, para encontrar al Cristo, al hombre verdadero y su relación con Dios, y para reconocer su parentesco divino”.1
Superar la creencia en el ser mortal no siempre parece fácil. Pero cuando se hace con la ayuda de la Ciencia Cristiana, peleando persistentemente la batalla contra el sentido material del ser, logramos un entendimiento más claro de Dios y el hombre, y experimentamos una libertad que antes desconocíamos. Cristo Jesús dijo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Y más adelante expresó: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.2 Moramos en el reino de Dios cuando nos damos cuenta de que no somos mortales que luchan, sino hijos espirituales de Dios.
El reino de los cielos es la verdadera morada del hombre. Es el reino de lo verdadero. Sólo la voluntad de Dios reina allí y es evidente en toda actividad. La ansiedad humana, la presión de la responsabilidad humana, los complejos de inferioridad, la fricción y la amargura, son desconocidos allí. El concepto humano llamado materia es superado mediante la comprensión de que el Espíritu es la única sustancia que existe.
El hombre verdadero posee por reflejo inteligencia ilimitada y todo el bien. Jamás puede ser separado del Amor divino, y el entenderlo nos libera y nos da seguridad. Esto no es éxtasis emocional, sino la conciencia de Emanuel, o “Dios con nosotros”, como enseña la Biblia.
En nuestro esfuerzo por elevarnos más en nuestra comprensión del ser verdadero, es esencial el amor por nuestros semejantes. Porque, cuando nos vemos a nosotros mismos como hijos de Dios, pero aún seguimos viendo a otros como personas imperfectas, no estamos viendo toda la verdad. La idea espiritual se revela realmente en nosotros sólo cuando vemos a nuestro semejante como el hijo de Dios, creado a Su imagen y semejanza, v procedemos con él de acuerdo con esto.
Sin amor verdadero por Dios y el hombre jamás nos liberamos por completo. Alcanzamos la perfección no por nuestro gran conocimiento y contemplación sino manifestando amor. Pablo declaró: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.3
No es difícil amar a nuestro prójimo si no lo identificamos con el mal, comprendiendo que el mal no forma parte del hombre, sino que es meramente una falsa pretensión. Pero cuando consideramos que el mal es verdadero y que es parte de nuestro prójimo, entonces no podemos amarlo verdaderamente. Las Bienaventuranzas en el Sermón del monte ilustran muy claramente para quiénes está abierto el reino de los cielos: es decir, para los pacificadores, los misericordiosos y los mansos — para aquellos que saben perdonar y amar, y que no atribuyen el mal a nadie. Además no debemos afanarnos demasiado por recuerdos desagradables. Las malas experiencias son ilusiones que jamás tuvieron lugar en nuestro verdadero ser. Así, un corazón que perdona se mantiene libre del veneno de la amargura.
La aceptación del requisito de amar es la piedra miliar decisiva en nuestro camino hacia la armonía. Mucho se ha escrito y predicado sobre el amor a nuestro prójimo ya nuestros enemigos. Pero el amor es realmente tan importante que debe mencionarse repetidamente para que sea practicado más y más. Toda curación cristiana depende del amor.
Depende de nosotros si queremos continuar sufriendo de un falso concepto del ego o si queremos gozar de nuestro legítimo estado de armonía y libertad. Pablo nos alienta: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestidos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.4
1 Ciencia y Salud, pág. 316; ↑
2 Juan 3:3, 6; ↑
3 Romanos 13:10; ↑
4 Efes. 4:23, 24. ↑
Gratitud y curación
[Original en español]
GANDHI MONDINO
Del número de diciembre de 1978 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana
Generalmente se considera que la gratitud se expresa con un “gracias” por parte de aquellos que han recibido algo de otros. La gratitud establece una corriente de mutuo aprecio entre quien da y quien recibe.
La Ciencia Cristiana nos trae un enfoque diferente — una visión más profunda — que la del mero agradecerá favores recibidos. La Sra. Eddy dice: "La gratitud es mucho más que una mera expresión verbal de reconocimiento. Las acciones expresan más gratitud que las palabras".1
Dios es Mente todo activa, que se está manifestando incesantemente en ideas espirituales. En el universo de Dios todo es acción; la Mente está consciente de su propia creación, el hombre y el universo, los cuales reflejan la acción de la Mente. Esta acción constante de la Mente divina no es como la acción humana, que se manifiesta en un momento y luego cesa, porque Dios es la Mente inagotable que jamás se interrumpe, cesa, o decae.
Puesto que Dios es acción constante — la Mente reflejada en Sus manifestaciones — la gratitud, vista espiritualmente, es el reconocimiento constante de que Dios se está expresando siempre mediante Sus ideas. Esto es lo que Cristo Jesús percibió y aplicó. La Biblia muestra que la manera de Cristo Jesús de dar gracias era diferente; no necesitaba una acción humana previa.
En una oportunidad, al tener que alimentar a una multitud con solamente cinco panes y dos peces (ver Juan 6:5–13), Jesús previamente dio gracias, pero no por lo que ya había recibido. Evidentemente los panes y los peces que tenían en sus manos apenas habrían alcanzado para unos pocos. Su gratitud fue el reconocimiento previo de la acción incesante de la Vida divina, manifestada en provisión abundante. Jesús no necesitó ver la abundancia antes de expresar su agradecimiento.
En la tumba de Lázaro, Jesús también dio gracias: "Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes".2 La gratitud no estaba en esta oportunidad motivada por las circunstancias porque Lázaro aparentemente estaba muerto y sepultado. Jesús dio gracias antes de que hubiera ninguna reacción humana. Sus palabras “siempre me oyes” fueron su reconocimiento de la acción incesante de la Mente divina. Este reconocimiento sirvió para quitar la piedra — el testimonio mortal — de la conciencia de todos los presentes y así pudo ver demostrada la acción inagotable de Dios. Lázaro resucitó.
Con su percepción espiritual Jesús debe de haber comprendido que la gratitud es el reconocimiento de la acción espiritual. Él sabía que la gratitud nada tiene que ver con los conceptos de tiempo y espacio.
La Sra. Eddy también percibió el poder de la gratitud. Un estudio profundo del significado espiritual de la gratitud que se describe en el primer capítulo de Ciencia y Salud nos capacita para orar científicamente. Esta oración no es una mera petición para que nuestra experiencia humana cambie y así poder luego expresar nuestra gratitud. Es saber que la obra de Dios ya está hecha y que es armoniosa y perfecta. No necesitamos pedir a la armonía que sea armoniosa y luego dar gracias. Sería absurdo pedirle a la perfección que sea perfecta y luego dar gracias. Podemos expresar nuestra gratitud ahora por saber que en este momento el reino de Dios es perfección armoniosa y armonía perfecta. Reconcocer esta acción incesante es verdadera gratitud.
Esta gratitud trae curación, porque elimina el concepto limitativo de que algo sucedió en cierto momento que necesita ser curado y que en algún período de tiempo va a cesar. Lo único que sucede realmente es Dios manifestándose en Su universo.
La gratitud abre las puertas de la conciencia humana a las riquezas constantes de Dios. Por medio de la gratitud —el reconocimiento del reino de Dios dentro de nosotros— podemos resucitar a los Lázaros en la conciencia humana. Dios está constantemente consciente de Sus propias ideas y, por lo tanto, Sus ideas están siempre recibiendo Sus bendiciones. Por eso es que Cristo Jesús pudo decir: “Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis”.3 Y enseguida les enseñó a sus discípulos cómo orar. Nos dio el Padre Nuestro, la máxima expresión de gratitud. Una comprensión espiritual de esta oración puede solucionar cualquier problema.
La gratitud expresada en esta oración es un poderoso reconocimiento de que Dios es omnipotente, supremo, el único poder; es la acción del sentido espiritual percibiendo eternamente la verdadera naturaleza de Dios y del hombre; aporta el gozo de saber que todo es Amor — que todo es el bien, la armonía, sin ningún lapso de interrupción. La Sra. Eddy incluyó el Padre Nuestro en el capítulo “La Oración” en Ciencia y Salud, junto con la interpretación espiritual de esa oración.
Así vemos que la gratitud deja de ser meramente una expresión humana de agradecimiento; pasa a ser un profundo reconocimiento espiritual del poder absoluto y siempre presente de la acción infinita y sin límites de Dios. Y este reconocimiento trae curación.
Muchas veces el reconocimiento humano de lo que ya hemos recibido humanamente es un primer paso para abrir nuevos caminos en nuestro pensamiento y así entonces poder ver la gratitud como el reconocimiento de lo que ya somos y tenemos como hijos de Dios.
Cuando percibimos lo que es la gratitud verdadera, podemos aplicar el sentido espiritual del Padre Nuestro, que libera de toda esclavitud. Podemos demostrar la gratitud expresada en la última frase del Padre Nuestro y su interpretación espiritual dada por la Sra. Remolino. Podemos reconocer humildemente que no necesitamos pedir nada, porque ya Dios nos lo ha dado todo:
"Porque Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, para siempre. Porque Dios es infinito, todo poder, toda Vida, Verdad, Amor, está por encima de todo, y lo es Todo" .4
1 Ciencia y Salud, pág. 3; ↑
2 Juan 11:41, 42; ↑
3 Mateo 6:8; ↑
4 Ciencia y Salud, pág. 17. ↑
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